Soy afortunado. Durante el tiempo que dure esta desconcertante situación provocada por el coronavirus, voy a poder teletrabajar. He aprovechado el fin de semana para acondicionar el despacho de casa y poder hacerlo lo más cómodamente posible. Lo tenía pendiente desde hacía años. Lo de ordenar el despacho, quiero decir. Con el paso del tiempo, se había convertido en un cajón de sastre en el que mi mujer y yo amontonábamos, sin orden ni concierto, libros y materiales diversos relacionados con nuestra actividad profesional y con nuestros intereses personales. Satisfecho con el resultado, me he sentado frente el ordenador justo en el momento en que muchos de mis vecinos salían a sus balcones y se asomaban a las ventanas a aplaudir y jalear la labor de los profesionales sanitarios que están luchando, en primera línea de batalla, contra el virus que está poniendo en jaque a la humanidad. Al mismo tiempo revisaba en internet las múltiples iniciativas que, en el poco tiempo transcurrido desde la declaración del estado de alarma, la propia sociedad ha lanzado con el objetivo de paliar los inconvenientes que el necesario confinamiento domiciliario pueden provocar. Basta revisar la web “Frena la curva”, para ver como la iniciativa ciudadana es fuente de innovación social y ejemplo de resiliencia cívica, tal y como apunta la propia página.

A la vista de estas propuestas nacidas de la voluntad popular para hacer más llevadera la situación que nos tocará vivir durante las próximas semanas, me he planteado que tipo de acción podría desarrollar desde este remozado despacho para aportar algo de entretenimiento a las personas de mi entorno (y a todas aquellas que tengan a bien seguir mis publicaciones). Y dado que gran parte de mi trabajo se traduce en escribir, he pensado en hacer eso, en dedicar cada día un poco de tiempo a contar, a través de este blog al que nunca le he podido dedicar la atención que me hubiera gustado, ciertas vivencias personales, que sin ser nada extraordinario, tal vez puedan ayudar a alguien a desconectar de la realidad vírica actual. No es gran cosa, lo sé. Ni siquiera estoy seguro de escribir bien. Desde el punto de vista literario, me refiero. Pero si consigo que esto ocurra, aunque solo sea por unos minutos, me daré por satisfecho. Y si le puedo sacar una leve sonrisa a alguna persona, todo esfuerzo habrá valido la pena. Vayamos, pues, a por la primera de estas vivencias…

El 28 de junio de 1994, en Stanford (California, EE.UU.), Oleg Anatólievich Salenko alcanzó la gloria futbolística al marcarle cinco goles, defendiendo los colores de Rusia, a la selección nacional de Camerún, en un intrascendente partido de la Copa Mundial de la FIFA y que, sin embargo, ha pasado a la historia del fútbol. Y lo ha hacho por los cinco goles de Salenko y por el solitario gol del veterano camerunés Roger Milla, el futbolista de mayor edad en perforar la red contraria en un Mundial (42 años tenía el zagal en aquel momento). Nadie lo había hecho antes, lo de los cinco goles en un partido mundialista. Y nadie lo ha vuelto a hacer después. Sin duda, los que vimos aquel partido lo tenemos grabado en la memoria.

Aquellos cinco goles, junto con otro que el ruso ya le había marcado a Suecia de penalti cuatro días antes, le valieron a Salenko la Bota de Oro de aquel Mundial, ex aequo con el búlgaro Hristo Stoichkov. De poco sirvió a la selección rusa aquel logro. No pasó de la primera fase a pesar de la brillante generación de futbolistas que acompañaban al delantero de San Petersburgo (Onopko, Radchenko, Karpin, Kharine, entre otros muchos) y que llegaba a disputar el mundial como jugador del Valencia C.F. tras temporada y media brillantes en el C.D. Logroñés.

En el verano de 1998, la estrella de Salenko ya hacía tiempo que se había apagado, en gran medida debido a las múltiples lesiones sufridas durante los dos años anteriores. No tengo claro si durante aquel agosto aun formaba parte de la plantilla del Instanbulspor, al que había llegado después de su efímero paso por el Valencia y el Glasgow Rangers escocés, pero creo recordar que ya estaba tratando de buscar un nuevo destino tras dos temporadas prácticamente en blanco en el fútbol turco. De lo que sí estoy seguro, es de que para mí y alguno de mis amigos, enfermos de fútbol en aquella época, encontrárnoslo en el puerto de Calpe fue un auténtico acontecimiento.

Éramos un grupo amplio de 15 o 16 amigos con edades comprendidas entre los 20 y 25 años aproximadamente. Todos (o casi todos) con pocas obligaciones, trabajos lo relativamente buenos como para tener cierta independencia económica y muchas ganas (eso sin duda) de diversión. Solíamos pasar parte las vacaciones de verano en alguna de las playas de las costas de Alicante o Valencia. Aquel verano, tres de los miembros del grupo, hermanos entre ellos, propusieron El Portet de Moraira como destino. Allí, su familia tenía un magnífico chalet, testigo de intensas jornadas que podrían dar para diversas entradas en el blog. Durante una de ellas, quisimos aprovechar la cercanía con Calpe para comer en una de las marisquerías de su puerto. Siempre han tenido muy buena reputación. Fue en el Restaurante El Camión, si no recuerdo mal.

La comida transcurrió como siempre transcurrían, entre risas y bromas. Y también como siempre, llegamos a la tertulia de sobremesa con café, copa y puro. Entonces, uno de esos enfermos de fútbol que comentaba lo reconoció. Un par de mesas más allá de la nuestra estaba Salenko, Bota de Oro del Mundial de 1994, con quienes supusimos que serían su mujer e hijo y una pareja de amigos. Dio la casualidad que en ese momento la camarera que les atendía, que también servía nuestra mesa, pasaba junto a mí con la bandeja de cafés y copas para la mesa del futbolista ruso. Inspirado por el recuerdo de aquel inolvidable e histórico partido de cuatro años antes en EE.UU., y ante la cara de sorpresa de quienes se sentaban a mi lado, le dije a la camarera que cargara a nuestra cuenta aquel pedido. Así, como si de una glamurosa escena de cine se tratara, la muchacha sirvió la mesa de Salenko indicando con un discreto movimiento de cabeza la procedencia de la inesperada invitación. Con la misma discreción, todas las personas sentadas a la mesa alzaron sus copas hacia nosotros mientras asentían en señal de agradecimiento. La única mirada que se encontraron fue la mía. En ese instante yo sostenía una copa de whisky en una mano y un cigarro habano en la otra, y como si invitar a futbolistas internacionales fuera algo habitual para mí, respondí al gesto alzando también mi copa mientras negaba suavemente con la cabeza como restando importancia al hecho.

Era la época de esplendor en el fútbol español de personajes como Gil, Lendoiro, Lopera o Caneda. Teniendo en cuenta esto, es posible imaginar cómo transcurrió la tertulia a partir de ese momento. Las comparaciones fueron inmediatas y dado que la mayoría de nosotros formábamos parte de un equipo de fútbol sala que competía, con más pena que gloría pero con mucha ilusión, en la liga local, pasé inmediatamente a ser el Pedro Cortés del conjunto. Las bromas iban en la línea de fichar a Salenko para la inminente temporada y en esas estábamos hasta que vimos que el futbolista se levantaba y junto al resto de acompañantes se dirigían hacia mí. Amablemente me tendió la mano y me dio, esta vez de palabra, las gracias por la invitación. Iniciamos una cordial conversación y siguiendo la chanza de nuestra mesa, le indiqué lo importante que sería para el equipo que presidía poder contar con un futbolista de su calidad. Repitió un par de veces que le encantaría volver a jugar en España. Tras firmar un contrato improvisado en un ejemplar de Súper Deporte que casualmente alguien llevaba encima y varios autógrafos entre los clientes del restaurante que lo reconocieron al acercarse a hablar conmigo, hizo que el niño me diera un beso de despedida y se fueron en dirección a su coche. Para completar la escena, al pasar por delante de la terraza con su lujoso descapotable hizo sonar el claxon mientras todos los ocupantes alzaban sus manos mientras nos decían adiós.

Aquella anécdota fue explotada por mis amigos durante al menos un par de años, en los que Pedro Cortés protagonizaba una parte importante de nuestras comidas o cenas. De cualquier forma, Salenko resultó ser un tipo simpático que supo seguir nuestra broma con cortesía y afabilidad. Además, nos dijo la verdad y la temporada siguiente la pasó jugando (aunque más bien poco) para el Córdoba C.F. en la Segunda División española. Acabó su carrera futbolística la temporada 2000/2001 en Polonia disputando apenas un partido oficial en el Pogoń Szczecin y posteriormente jugó al futbol playa con la selección de su país. Lo cierto es que el 28 de junio de 1994, el día en que Salenko alcanzó la gloria futbolística, fue también el día en que se inició su declive.

Pero al menos por un día fue la estrella de nuestro modesto equipo de fútbol sala…

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