Bueno, en realidad, fueron algo más de 55 días y no transcurrieron en Pekín, sino en la provincia de Guangdong, o Cantón, como ustedes prefieran. Pero lo cierto es que cada vez que recuerdo mi experiencia en el gigante asiático, me viene a la cabeza la película de Samuel Bronston. Y no, no es que durante mi estancia allí tuviera que enfrentarme a ningún levantamiento nacionalista como en aquel film hiciera Charlton Heston metido en la piel del mayor Matt Lewis, ni mucho menos. Tan solo tuve que hacer frente al desasosiego, incertidumbre y, porque no decirlo, miedo, que me producía aventurarme a trabajar en aquel lejano país durante algunos meses del año 2009.

Hasta aquel momento, mis viajes más allá de las fronteras españolas se limitaban a un viaje escolar a Portugal, para celebrar el final de nuestra añorada EGB, con la seguridad que me proporcionaba hacerlo con mis, no menos añorados, profesores de entonces; a una inolvidable estancia en Escocia e Inglaterra con algunos de mis mejores amigos, que se convirtió en una suerte de viaje iniciático que marcó el tránsito definitivo entre nuestra adolescencia y adultez; y la luna de miel con mi exmujer en un resort de Punta Cana, un paraíso caribeño de la República Dominicana. Pero esto era algo totalmente diferente. Viajaba solo, a un país desmesurado en todos los aspectos, lejano y con una cultura totalmente diferente a la mía, para trabajar en la supervisión de un proceso de producción (y la responsabilidad que ello acarreaba) y sin acabar de tener claro cómo podría comunicarme con quien quiera que tuviera que comunicarme allí. Qué bien me hubieran venido en aquel momento los consejos de mi buen amigo Vicente Andreu Besó. Pero aun no le conocía.

La primera vez que me vi en el aeropuerto de Baiyun, me pareció inmenso, gigantesco. Para ser el tercer aeropuerto con más tráfico de China y uno de los 25 más activos del mundo, a la fuerza lo ha de ser, pero dada la emoción o incluso, conmoción, que me producía verme allí, a mí me lo parecía incluso más. Siempre cuento que mientras esperaba a que apareciera alguien para recogerme, me sentía como Paco Martínez Soria en “La ciudad no es para mí” (hoy, precisamente, me han recordado la película a través de un meme y eso me ha llevado a escribir este post). Pensaba en meterme debajo de algunos de los bancos que veía a mi alrededor y pasarme allí escondido el mes que debía permanecer en China durante aquel primer viaje. Más en serio, lo que si llegó a pasar por mi cabeza fue el renunciar a aquella experiencia, llamar a mi empresa y pedir que me retornaran a España tan pronto fuera posible. Afortunadamente no lo hice. A pesar de las consecuencias que el proyecto que me llevó a China tuvo para la mencionada empresa, y que indirectamente me afectaron a mí a nivel profesional, en lo personal (que es lo que, sin duda ninguna, más valoro ahora mismo) no me lo habría perdonado nunca. Por lo que aprendí, lo que crecí y lo que me enriquecí como individuo; y por como cambió mi visión del mundo y del lugar que cada uno de nosotros ocupamos en él.

Si el aeropuerto me pareció enorme, Guangzhou, la capital de la provincia, a la que también se la conoce como Cantón, me sobrepasó. En realidad, no trabajaba allí. La factoría estaba a unos 65 kilómetros al norte, en Aotouzhen, un municipio dependiente de Conghua, que es lo que allí se conoce como ciudad-distrito y que, a su vez, depende administrativamente de la propia capital. Pero como Conghua, con cerca de 600.000 habitantes, a juicio del propietario de la fábrica en la que yo trabajaba, no tenía apenas atractivos, los fines de semana me llevaba a Guangzhou para que pudiera conocer la ciudad. Lo cierto es que Hanson, así se llamaba el dueño de la empresa, desde el primer momento y consciente de las dificultades que podía suponer mi adaptación, no solo al trabajo sino a la vida en Cantón, estuvo siempre muy pendiente de mí. Durante la semana laboral, me alojaba en un apartamento que había en las instalaciones de la propia fábrica y que él ocupaba cuando por cuestiones de trabajo se quedaba allí (en realidad, él y su familia tenían su residencia principal en la capital). Era habitual que, por las tardes, cuando se encontraba en Aotouzhen, me llevara a conocer lugares cercanos de interés y después a cenar, en ocasiones con amigos o colegas empresarios. Pero, insisto, los fines de semana solía reservarme una habitación en el Landmark International Hotel de Guangzhou para que, junto con él y su familia en unas ocasiones, o en solitario en otras, disfrutara de lo que aquella ciudad de alrededor de 16 millones de habitantes podía ofrecer. Actualmente es la conurbación más grande de la Tierra, con cerca de 47 millones de habitantes (aproximadamente la población de España) si se cuenta junto a su área metropolitana, a los suburbios de la zona del Delta del río de las Perlas.

El primer fin de semana en Guangzhou lo pasé solo. El viernes por la tarde Hanson me dejó en el Landmark, situado en el corazón de Tianhe. Si Guangzhou es uno de los centros económicos, comerciales y administrativos más importantes de China, Tianhe es su distrito financiero. Piensen en lo que ello puede suponer. Alrededor del hotel se encuentran algunos de los edificios más característicos del skyline de la ciudad. Rascacielos que se encuentran entre los más altos de Asia, y algunos de ellos, del mundo. Pues bien, el mismo viernes, tras instalarme en mi habitación, di mi primer paseo por la zona. Simplemente abrumador. Recuerdo que antes de salir a la calle, y seguramente por indicación de Hanson, desde recepción me llamaron y me facilitaron un mapa en el que señalaron, de forma destacada, la ubicación del hotel, me dieron una tarjeta con la dirección en chino por si necesitaba tomar un taxi y me pidieron el número de mi móvil de empresa, supongo que para poder localizarme si mi regreso se demoraba más de lo previsible. Sinceramente, lo agradecí.

En aquel mapa, el amable recepcionista marcó diversos lugares de interés cercanos al hotel. Lo de cercanos es algo muy relativo. La percepción de las distancias es muy diferente en función de las referencias previas que uno tiene. Hasta ese momento, para mí, todo lo que fuera caminar más de 15 minutos significaba abandonar el área urbana de mi localidad. Ese tiempo fue prácticamente el mismo que me costó salir del recinto del hotel, cruzar la avenida y alcanzar la esquina más cercana. El CITIC Plaza fue el primero de esos lugares de interés que visité. Se trata de un complejo con varios edificios residenciales y un rascacielos de 390 metros de altura que se ha convertido en imagen icónica del distrito de Tianhe desde su finalización en 1996. Y junto al CITIC Plaza, el Tianhe Stadium, donde disputa sus partidos como local el Guangzhou Evergrande Football Club.

Aquel fin de semana lo dediqué a recorrer Tianhe hasta que el domingo a mediodía Hanson me recogió y me llevó a comer con toda su familia en un enorme restaurante de varias plantas, la primera de las cuales era como una especie de mercado en el que los comensales escogían los ingredientes que posteriormente se les servían cocinados. Pero el tiempo que pasé en China dio para visitar otros muchos lugares impresionantes (no solo en Guangzhou), para disfrutar (sí, disfrutar) de una gastronomía, la cantonesa, cuando menos sorprendente, para vivir experiencias fascinantes y para conocer los múltiples aspectos de una cultura apasionante. De todo ello habrá tiempo de hablar en futuras entradas.

Pero, sobre todo, me dio la posibilidad de conocer a gente, a la que, a pesar de la distancia cultural, nos unen más cosas de las que podemos imaginar. Mr. Li era el jefe de producción de la factoría en aquel momento. Debía tener más o menos mi edad, apenas hablaba inglés y, obviamente, yo no tenía ni idea de chino, pero el conocimiento que ambos teníamos de los procesos en la empresa, hacía que nos resultara relativamente fácil entendernos en el trabajo. Hubo un fin de semana que yo iba a pasar solo en el apartamento de la empresa, pues Hanson estaba en un viaje de negocios y no había opción para desplazarse a la capital. El viernes por la tarde, Mr. Li se interesó por mis planes para esos días y al saber que me quedaba en Aotouzhen, me propuso recogerme el sábado por la mañana para pasarlo con él y sus amigos en Conghua, donde todos vivían. Me recogió pronto y de camino a Conghua hicimos varias paradas en diferentes parajes, de los que recuerdo especialmente uno en el que destacaba la presencia de una pagoda de al menos 10 plantas en lo alto de una colina, desde la que se divisaba la ciudad completa. Tras aquella visita fuimos a recoger a sus amigos. Eran tres y ninguno de ellos hablaba inglés mucho mejor que Mr. Li. Comimos juntos en una especie de taberna, muy diferente a los restaurantes de la capital, pero que nos sirvió unos platos exquisitos. Por la forma en que el dueño del local se dirigía a nosotros, Mr. Li y sus compañeros debían ser clientes habituales. Y yo me sentí uno más.

Por la tarde nos reunimos con un grupo más numeroso de gente y fuimos a jugar a fútbol. Más bien jugaron ellos. Yo hice lo que pude. Llevaba años sin hacerlo y la inactividad pasa factura, pero la experiencia fue fantástica. No recuerdo si ganamos o perdimos, es lo de memos, pero tras el partido, nos cambiamos (a mi me habían prestado el equipo para jugar, pues obviamente, al salir de España no pensaba que acabaría jugando un partido de fútbol en un pequeño estadio cantonés) y fuimos a tomar unas cervezas. Fui el foco de muchas de las bromas durante la tertulia post-partido y yo me permití hacer algunas sobre algunos de mis compañeros de equipo. Tras varias rondas cambiamos de local y pedimos la cena. El ambiente seguía siendo muy agradable. Intercaladas durante la cena se fueron pidiendo varias rondas de lo que Mr. Li y compañía llamaban “white wine”, que no era vino, sino una especie de aguardiente que hizo aumentar las bromas y las risas. En ese contexto no pude dejar de hablar de moros y cristianos, e incluso sonó alguna pieza de música festera a través de mi móvil. Nos hicimos fotos y compartimos nuestros perfiles en redes sociales (aun mantengo contacto con algunos de ellos).

Fue una experiencia fantástica, no por lo excepcional, sino porque fue como estar cualquier sábado en casa, con mi gente, disfrutando de un ambiente que difuminó los miles de kilómetros que me separaban de ella. Desde entonces, al menos para mí, China no está tan lejos como parece.

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