A mi abuelo, del que heredé,
entre otras muchas cosas,
mi “mapa” del mundo.

Hace muchos meses que no me asomaba por esta ventana. Lo echaba de menos, la verdad. Otras muchas cosas me quitaban el tiempo necesario para escribir en el blog.

Como propósito de año nuevo me he planteado, al contrario de lo que hacen otros, salir más asiduamente a fumar a este patio de luces virtual (y de sombras, en ocasiones) y dejar que todos aquellos vecinos “cotillas” (con todo mi cariño) que lo deseen, puedan escudriñar las reflexiones que, entre calada y calada, exhalo en forma de aros de humo.

Al hablar de tabaco siempre me viene a la cabeza mi abuelo materno. Desafortunadamente fumaba mucho, demasiado. Fumaba Celtas Cortos (sí, también cuando oigo cantar a Jesús Cifuentes me acuerdo de mi abuelo) de aquellos sin filtro, que me enviaba a comprar con 30 ptas. para que con las sobras me pudiera comprar un Cheiw Junior. Era un hombre serio y de pocas, pero muy acertadas palabras, como lo es la mayoría de la gente mayor curtida en la vida por las largas jornadas de trabajo y grandes sacrificios, para sacar adelante a toda una familia con muy pocos medios.

En mi infancia, uno de los mejores momentos del día, era sin duda, la hora del desayuno. Mi madre trabajaba y su jornada empezaba muy temprano, por lo que era mi abuela la que me despertaba para ir al colegio. El día comenzaba con la sintonía de La Saga de los Porretas y las aventuras de don Segismundo y continuaba con las noticias de Matinal Ser con Iñaki Gabilondo. Escuchar la radio por las mañanas era todo un ritual para mi abuelo. Recuerdo el disgusto que le supuso tener que deshacerse de su viejo transistor Selga, y su característica funda de piel, por no admitir ya más reparaciones.

Este no s’escolta igual, on vas a parar!– decía cuando entró en casa aquel radio-cassette Grundig con auto-avance, doble pletina y ¿¡FM!?.

Para mí, el ritual matinal consistía en sentarme a su lado y desayunar, junto a él, un plato de aquellas maravillosas sopas calientes de leche y azúcar con pan del día (o de la semana) anterior. Creo que en realidad, aquel extremadamente sencillo plato era lo único que mi abuelo sabía “cocinar”, pero a mí me sabía a auténtica gloria. De hecho, ya de adolescente, cuando compartía con mis amigos las primeras noches de fiesta nocturna, retrasaba a propósito mi llegada a casa (algunas veces, no tan a propósito) para hacerla coincidir con el momento en que mi abuelo se sentaba a desayunar sus eternas sopas calientes de leche y pan.

Yo tomaba cada cucharada justo al ritmo en que él tomaba las suyas y al observarme de reojo, una sonrisa asomaba en su rostro. De vez en cuando, alguna de las noticias que se escuchaban en la radio, le hacían levantar la vista y mirar al transistor, como si fuera el propio Iñaki Gabilondo el que estuviera sentado sobre la repisa del sencillo aparador, que conformaba el principal elemento del sobrio mobiliario de aquel salón.

“[…] y finalmente ayer 12 de junio de 1985, en el Salón de Columnas del Palacio Real de Madrid, Felipe González, firmó el Acta de Adhesión de España a las Comunidades Europeas, tras lo cual realizó las siguientes declaraciones […]

Las cejas de mi abuelo se alzaban en esos momentos, de forma que las profundas arrugas que cruzaban su frente, se remarcaban más de lo que ya era habitual y con una mezcla de sorpresa y extrañeza, lanzaba al aire una expresión tan valenciana como inhabitual en los tiempos que corren. pero que yo siempre llevo en mi memoria:

– Votoadéu!!

– Qué passa iaio?

– Qué vol dir eixò Daniel?

– Que Espanya s’uneix a altres països europeus per tindre més força, iaio.- Esta simple explicación es la que por aquella época nos daban en el colegio de tan histórico acontecimiento, y es la que le transmití a mi abuelo.

Sus cejas se relajaban tras las aclaraciones que yo, mejor o peor le podía hacer al respecto de sus dudas. Bajaba de nuevo la mirada, sonreía complacido, tomaba otra cucharada y entonces razonaba:

– Bé!, eixò no és roïn. Treballant en quadrilla la faena condix més. Però tots a una. Quan algú és posa galons… fa treballar als altres i ell només mira, malament!! Ara que… sempre hi han oficials i peons en una quadrilla…

Y así transcurría el desayuno hasta que llegaba el momento de salir de casa e ir al colegio.

Veintinueve años y medio después, frente a la pantalla del portátil en lugar de frente al transistor, con un café con leche en la mano en lugar del añorado plato de sopas calientes de leche con pan, he leído en la prensa del día:

“[…]la Comisión Europea presentará el próximo día 29 el informe completo que ha preparado junto con los expertos del Banco Central Europeo tras la última visita a España de la troika […]España abandonará oficialmente el programa […] Esta «salida limpia» no pondrá fin -pero sí relajará- la vigilancia […]”

Mis cejas se han alzado en esos momentos, de forma que las arrugas que cruzan mi frente, se han remarcado más de lo que ya es habitual y con una mezcla de sorpresa y extrañeza, he lanzado al aire una expresión tan valenciana como inhabitual en los tiempos que corren, pero que me ha venido a la memoria al recordar una mañana de junio de 1985 junto a un transistor y un plato de sopas calientes de leche con pan:

– Votoadéu!! Iaio, al final, peons!!

Sólo he echado de menos la sonrisa de mi abuelo.

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